
El noveno episodio de Dragon Ball Z, emitido en Japón el 28 de junio de 1989, es el primer relleno de la serie: una historia autoconclusiva creada para el anime, sin equivalente en el manga. Gohan, todavía solo en tierras salvajes, cae en un templo enterrado y conoce a un robot olvidado por todos. El resultado es una pequeña fábula melancólica con un final que pesa más de lo que cabría esperar.
Resumen
Gohan se despierta tras la noche de la transformación y no recuerda nada. Descubre que ya no tiene cola, se da cuenta de que lleva ropa nueva y encuentra a su lado la espada que le dejó Piccolo. No hay tiempo para preguntas: un cocodrilo y un tigre lo persiguen, un pájaro gigantesco lo atrapa y, tras una pelea con un dinosaurio, lo deja caer en una sima.
Al fondo hay una cueva con antiguos dibujos en las paredes, que Gohan reconoce por sus libros ilustrados: son restos de una civilización perdida. También hay un robot cubierto de arena, un viejo modelo de la Corporación Cápsula. Gohan lo enciende, pero el robot es un cascarrabias: le dice que hable bajo, porque basta una vibración para que todo se derrumbe, que lo apague y que se vaya por la salida que hay a su espalda. Lástima que la salida dé a un precipicio.
Entre llantos, encendidos y apagados, los dos aprenden a soportarse. Gohan le repara los sensores visuales, el robot le ayuda a encontrar setas y se las cocina, y al final cuenta su historia: estaba allí para estudiar una excavación arqueológica cuando un terremoto lo sepultó, hace ochenta años. Gohan decide liberarlo y se pone a cavar, pero así provoca el derrumbe de la cueva.
El robot sostiene una columna para darle tiempo a escapar. Cuando Gohan vuelve para apagarlo, la columna le cae encima; siguiendo sus instrucciones, el niño conecta dos cables, el robot recupera la fuerza, aparta la columna y lanza a Gohan fuera de la cueva justo antes de que se hunda. Entre los escombros, con la poca energía que le queda, le dice que no llore, aunque esté solo. Luego se apaga para siempre. En el Camino de la Serpiente, mientras tanto, un Goku hambriento intenta comerse las nubes.
Nuestro análisis
El relleno tiene mala fama, a menudo merecida, pero este es uno de los mejores de Dragon Ball Z. La historia es pequeña y cerrada, casi un cuento infantil, y por eso funciona: el robot gruñón que se encariña con el niño es un arquetipo, pero el guion de Katsuyuki Sumisawa lo maneja con mesura y guarda las lágrimas para la última escena.
Además cumple una función clara en el recorrido de Gohan. Hasta aquí el niño sobre todo ha llorado; aquí, por primera vez, cuida de otro y toma una decisión por su cuenta, aunque sea equivocada. El último consejo del robot, salir adelante sin depender de nadie, es la misma lección que le dio Piccolo, pero dicha con cariño en lugar de con dureza.
Quien solo quiera seguir la historia del manga de Akira Toriyama puede saltárselo sin perderse nada. Pero sería una pena.
Curiosidades
- Ninguna escena de este episodio se reutilizó en Dragon Ball Kai, que elimina el relleno. Su único vínculo con el manga es un plano de Goku dormido en el Camino de la Serpiente, ampliado a partir de una viñeta del capítulo 208.
- Gohan identifica al robot como un prototipo de la serie 3-S de la Corporación Cápsula, la empresa de la familia de Bulma.
- En Japón logró un 15,7 % de cuota de pantalla. La dirección es de Osamu Kasai.
- El primer doblaje estadounidense recortó casi todo el capítulo; el redoblaje de 2005 cambió los ochenta años bajo la arena por treinta.
¿Sabías que…? Cuando el robot pregunta a Gohan si quiere las setas al estilo chino o al occidental, el niño responde «como las hace mamá»: una frase que dice más sobre la añoranza de casa que muchas escenas enteras.
